jueves, 18 de junio de 2026

El ritual del alba (Capitulo 2)

 



El ritual del alba: Domingo, 7 de marzo

La noche en la cabaña transcurrió despacio, atrapado en un espeso duermevela. En la quietud. A las seis de la mañana, antes de que el despertador rompiera el silencio, yo ya estaba en pie. Al asomarme y ver la nevada, el estómago se me encogió un poco, pero el entusiasmo de un día tan largamente esperado terminó por barrer cualquiera de mis  dudas: teníamos que partir sí o sí. Afuera aguardaba la tormenta perfecta de mis pasiones por aquel entonces: exploración, supervivencia, montañismo invernal y naturaleza salvaje; un escenario hostil pero generoso, donde el tiempo transcurre en paisajes que te conmueven hasta la médula. El viento del sur soplaba ya a unos 40 km/h, endureciendo el ambiente, pero las ganas de los tres eran descomunales.

Nos preparamos en silencio bajo la atenta mirada de Rosa, cumpliendo un ritual casi litúrgico. Me enfundé la armadura: ropa interior térmica recia, Gore-Tex completo, doble calcetín, polainas, pasamontañas, gafas de ventisca y unas botas árticas que le habíamos alquilado a Lowe, mucho más invulnerables que las nuestras. Antes de lanzarnos, Santi nos arrastró a su cabaña para almorzar. Santi, además de alcalde de Alquézar, es un amigo en mayúsculas que se había tomado sus vacaciones para darnos apoyo. Carismático, solidario y con una cola de mapache en la cabeza al más puro estilo Daniel Boone, nos agasajó con unos espectaculares huevos fritos con jamón. Y con ese regusto de lujo aún en la boca y entre sutiles bromas, salimos al frío.

Enganchamos las pulkas, nos ajustamos las raquetas (sin las cuales era imposible dar un paso en semejante espesor de nieve) y nos dirigimos en peregrinación hacia la vereda del mar Báltico por una blanca y lechosa rampa. Allí, junto a la canasta de un globo, nos esperaba todo el equipo para la despedida. Éramos un completo parchís: Arcadi de azul, Kike de verde y yo de rojo. La respiración se volvió profunda, los sentidos se afilaban y el frío empezó a morder la piel. Santi pronunció un breve y cariñoso alegato y, bajando el brazo como un conmutador, nos dio la salida. Arrancamos entre los aplausos de Rosa, Ángel y Miquel, los fogonazos de la cámara de Rafa y el objetivo de Iván. 150 kilómetros por delante arrastrando treinta kilos de material sobre un mar helado y agrietado; una complicadísima empresa donde necesitaríamos, además de preparación, una inmensa dosis de buena suerte.

Pusimos rumbo sureste hacia una isla diez kilómetros mar adentro, usándola como referencia en un turbio horizonte donde seguía nevando. Durante la primera hora, Lowe y el equipo nos escoltaron en moto de nieve, filmando y jaleándonos, hasta que el hielo dejó de ser seguro para el peso de la máquina. Se despidieron, dieron media vuelta y nos quedamos completamente solos. El frío se volvió atroz, congelando nuestro aliento en las máscaras de neopreno en forma de escarcha. Caminaba enclaustrado en mis pensamientos, siguiendo la huella de Arcadi y con Kike cerrando el grupo. Para arañar tiempo al tiempo, miraba al suelo y dedicaba cada paso a las personas que quiero.

A las cuatro horas de continua marcha, relevándonos para abrir huella con la nieve por las rodillas, entramos en una zona postrada entre dos islas con nieve virgen y con agua oculta bajo la superficie. Avanzar allí era un suplicio. Siguiendo el consejo de Lowe, nos pegamos a la orilla de la isla para evitar el centro del canal, donde las corrientes afinan el hielo, aunque el viento acumulaba allí enormes taludes. Agotados, paramos junto a unas rocas a la una del mediodía para beber y chequear el GPS. Nos quedaban diez kilómetros para llegar a la isla de pernocta y apenas tres o cuatro horas de luz. Sabíamos que, si el terreno no mejoraba, nuestras fuerzas no darían para mucho más.

A pesar del cansancio, me sentía feliz con mis compañeros, con los que conecté de inmediato un año atrás en Barbastro. Arcadi, el analista y gentleman, impecable hasta con su pelo, que cuando el peligro acecha se transforma en el "Hombre de Acero". Kike, el dinámico reverso, un "niño grande" con alma pura que ve el mundo como un territorio inexplorado donde el valor y la imaginación siempre vencen a los villanos. Dos tipos en los que me veo reflejado y que me habían invitado a liderar esta inédita expedición gracias o por mi experiencia en la Yukon Arctic Ultra, donde recorri 250 km en la frontera entre Canadá y Alaska el pasado año arrastrando igualmente una pulka.

Volvimos a encasquetarnos en la nieve marchando hacia mar abierto, donde el avance era más limpio. Divisábamos al fondo la isla, pero tras hora y media en línea recta no había rastro de las huellas de pescadores que Lowe nos había dicho. A las tres y veinte de la tarde, la luz empezó a morir y un desagradable e incisivo frío nos golpeó con violencia. Estábamos exhaustos. Para no arriesgar la marcha bordeando la isla de noche, decidimos ser prudentes y poner rumbo directo a su costa oeste para acampar entre protectores sotos. Bebimos mecánicamente, devorados por la fatiga de más de siete horas y media de arrastre para cubrir los primeros veinte kilómetros. El bosque parecía no llegar nunca bajo aquella gran bóveda sombría.

Propuse a Arcadi y Kike un cambio de planes: acamparíamos allí mismo y mañana, ya descansados, nos arriesgaríamos cruzando la isla en diagonal por su extremo norte, aunque el hielo fuera más inseguro. El que no arriesga, no gana; y los tres estuvimos de acuerdo. Al acercarnos a la orilla, el hielo se convirtió en una trampa: placas rotas y hundidas bajo la nieve en forma de invertidos platos de sopa que filtraban agua de mar. Metimos el pie varias veces en aquellas charcas invisibles hasta que logramos ganar un pequeño claro entre los árboles.

Ese primer día, Arcadi y Kike dependían por completo de mis instrucciones. Con las raquetas, aplanamos y compactamos la nieve para crear una sólida plataforma, un ejercicio que me devolvió de golpe a los campos de alta montaña de mis expediciones a grandes montañas. Mis compañeros lo examinaban todo, mi talante y mis maniobras, y en cuanto entendían la lógica, se ponían a trabajar sin necesidad de órdenes; una perfecta armonía entre experiencia e inteligencia colectiva. Usando las pulkas y las raquetas clavadas como anclajes, levantamos la tienda. Nos embutimos los tres con todo el equipo en un espacio de 1,45 por 2 metros; un espacio ridículo, pero es el peaje de viajar ligeros. Nos cambiamos la ropa sudada a velocidad de vértigo y nos sepultamos en los sacos tiritando, guardando en el fondo los botines interiores de las botas y la ropa húmeda para que se secaran con nuestro propio calor corporal.

Kike se ofreció voluntario para como él decía : "freír nieve". Colocó los hornillos en el avance de la puerta con vistas al mar y comenzó la paciente tarea de derretir bloques para rellenar las cantimploras y preparar una sopa que nos templó el espíritu. Con el estómago caliente, llamamos a Santi por el teléfono satélite para confirmar nuestra posición. Las previsiones para mañana anunciaban vientos duros; los globeros no podrían despegar. Con Arcadi ya roncando a mi lado, me tomé una valeriana y me dormí con las manos apretadas entre los muslos, preparándome para renacer al día siguiente.

Lunes, 8 de marzo: El rugido del Báltico

El psoas de mi pierna izquierda (el mismo que me lesioné el año pasado en la Yukon Arctic y me costó cinco meses de rehabilitación) empezó a acongojarme con un leve achaque. Si lo pensaba bien, tenía una lógica explicación: muchísimas horas andando, una hidratación más bien escasa, alimentación regular y nada de descanso. En una situación extrema, el peor enemigo son los nervios y uno mismo; hay que pararse a pensar y analizar las cosas antes de actuar mal o precipitadamente. Como se dice: si la cosa tiene solución, ¿por qué te preocupas?, y si no la tiene, ¿por qué te preocupas? En un sitio así, la precipitación o los nervios te pueden arrastrar a situaciones muy peligrosas. Sabiendo que en un par de horas acamparíamos, decidí no gravar excesivamente la cadera ayudándome lo más posible con los brazos y los bastones, para luego relajarla y hacer estiramientos en la tienda. Kike también caminaba arrastrando un fuerte dolor en la zona tibial de su pierna derecha desde hacía un buen rato.

A un nivel menos físico y más agudo y reflexivo, los tres manteníamos un estado de ánimo sosegado y optimista. Personalmente me sentía completo, en paz; muy agotado, pero radiante con la embriaguez del momento, mientras caminaba de nuevo por este excepcional mundo glaciar. Mi única inquietud era ese tenue balbuceo de mi cadera, aunque ya soy consciente de que, en este tipo de imponentes aventuras físicas con frecuentes palizas de varios días encadenados, el segundo día es el peor (por lo menos para mí). Es la jornada en la que se te acumula el cansancio del debut y comienzas la adaptación tanto física como mental. A partir del tercer día, todo va mejor; y si no es así, algo no marcha bien.

Todos poseemos el instinto de supervivencia. Todos en algún instante experimentamos ese vago y amenazador temor que te avasalla, te bloquea y te induce a objetar por todo, incluso a ti mismo; a querer huir, gritar o desaparecer de allí. ¿Quién no se ha sentido así en algún momento de su vida, ya sea física o emocionalmente? La pauta es descubrirte en esos instantes, mirarlos a la cara, serenarse y subyugarlos, con todo lo que ello supone de lección, lucidez y vivencia. Mar helado por todas partes. Mar quieto. Soledad y compañerismo; todo asociado.

Tras dos horas más de esfuerzo, la nieve cercana a la isla comenzó de nuevo a hacerse ingrata y desigual, y el viento más insufrible. Me iba exhortando e incitando a mí mismo mientras caminábamos ya como tres almas errantes. Queríamos localizar cuanto antes algún escenario resguardado del flagelo del aire entre los árboles en la parte este de la pequeña costa, para así cobijarnos y poder descansar por la noche. Tras tantas horas de paliza, no se tiene ningunas ganas de palear nieve para montar el campamento, pero es algo que tienes que hacer sí o sí, de modo que lo mejor era buscar el sitio más adecuado y ventajoso posible. Por fin, en un recodo que parecía una pequeña caleta, encontramos un recoveco con un buen espacio entre algunos arbolitos donde el viento rompía contra la islita y no nos alcanzaba.

Aplanamos y comprimimos el suelo con las raquetas, montamos la tienda y nos fuimos acomodando en ella. Mientras Arcadi y yo nos íbamos asentando, Kike, llevado por el ímpetu de la situación y con la pala en la mano, obró un pequeño caminito muy bien trazado y profundo de unos tres metros de largo desde la puerta misma de la tienda que terminaba en un hondo agujero. Entonces nos gritó riendo: “¡Ya está hecho el cagadero!”. Por si su grito no hubiera sido suficiente, y por si no lo hubiéramos entendido, gesticulando en cuclillas nos hizo la explícita indicación de la postura que se emplea durante su uso. La verdad es que ya que se lo había currado tanto, yo iba a hacerle aprecio.

Nos ajustamos bien y cómodos dentro de la tienda. Kike y yo nos colocamos en ambas puertas con los dos hornillos operativos para deshacer nieve y avanzar más rápido, mientras Arcadi nos preparaba algo de comida sólida con embutido enrollado en "Rolls Bimbo" (tortitas de harina) y nos lo iba pasando. Este tipo de pan es similar a los chapatis que nos preparan los cocineros en las expediciones al Himalaya; los descubrí así preparados y comercializados en la maratón de Sables, cuando mis compañeros de jaima, Jorge, Luis y Joaquín, que los traían, repartieron conmigo. En este tipo de sitios donde echas de menos tanto el pan, es un excelente sustituto. Como las lecciones de ayer ya las tenían tan aprendidas como si lo hubieran hecho toda la vida, les enseñé algún truco extra, como colocar el cartucho de gas del hornillo sumergido dentro de un recipiente con la primera agua caliente que derretíamos de la nieve; al caldear el cartucho, se agiliza la combustión del gas y se activa más la llama, aligerando el proceso de deshielo.

Eran las cinco de la tarde y comenzaba a atardecer. Con la luz rojiza del ocaso, daba la sensación de que cada uno de los árboles que nos arrullaban a los lados de la tienda había sido modelado por algún espíritu celeste. No se me ocurre otra manera de describir tanto esplendor en este paisaje cristalizado que ilumina los corazones, los alegra y los llena de vida. Entre bromas y risas que denotaban la buena consonancia y el ambiente que se estaba creando, admirábamos el increíble paisaje desde la tienda cuando de repente nos quedamos aturdidos ante un auténtico "espejismo": Kike había salido por detrás de la tienda dispuesto a hacer acopio de nieve en una bolsa grande para tener suficiente hasta mañana. Había salido bien equipado con su chaqueta de plumas, pero... ¡no podía creerlo!, y por las risas de Arcadi, él tampoco: de cintura para abajo, tan solo llevaba las botas. Vaya estampa navideña; por lo de la nieve y "las bolas colgando". Debíamos de estar a unos diez grados bajo cero y el tío ahí, medio en pelotas (Nunca mejor dicho).

Eso denotaba el buen ambiente y la relajación tras un día tan duro en el que todo había salido bien; no parábamos de bromear y reír. La risa sólo puede florecer cuando el ser está bien por dentro y no tiene temor fuera. Cuando ves reír a alguien o tú te ríes de verdad, tu cuerpo entero dice: “estamos bien, estamos tranquilos, no hay peligro”. Básicamente se abre la armonía y, sobre todo, se abre el corazón al de enfrente; por eso en estas ocasiones es tan bueno echar unas risas.

Conectamos con Santi a través del teléfono satélite (con el normal no había cobertura en esta zona) y dimos y recibimos todas las crónicas y detalles. Nos confirmó una meteo algo más indulgente para mañana, lo que haría que los "globeros" pudieran por fin embarcarse en su travesía; nos explicó que, si no podían hacerlo mañana, ya no podrían en toda la semana porque el tiempo volvería a empeorar.

Terminamos todas las tareas. Había oscurecido ya y nos fuimos apagando y aplacando de cansancio. Habían sido más de ocho horas ininterrumpidas de marcha y esfuerzo en las que, al verificar el GPS, comprobamos que habíamos cubierto algo más de veinticinco kilómetros. Mañana ansiábamos por lo menos lograr lo mismo, pero sabíamos que debíamos atravesar dos o tres previsibles rutas de rompehielos, aparte de las probables zancadillas que pudieran aparecer sobre la marcha. Cerré los ojos con esa visión recurrente de esos rostros que siempre me velan, y que siempre se me antojan indescifrables pero muy cálidos. Mi padre, mi abuela… Sólo en este minuto tan efímero puedo hallar, con la naturalidad con la que el viento barre las copas de los árboles que nos cobijan, serenidad y sosiego para resolver cualquier cosa.

Silencio. No hay ni almas con las que conversar. La pureza de este mar helado permanece inalterable pese al frío y la nieve. Al final del día, cuando ya no podemos más pero es necesario el reposo de todo (de deseos, de búsquedas), un descanso profundo, buscado y querido es un arte que no consume nada ni se vende en ningún sitio. Soltar y desapegarse tiene mucho que ver también con el buen humor; soltar, callar, descansar y recuperar.



















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