Hoy hemos vuelto a
recorrer el Formiga juntos. Solos ella y yo. Y mientras descendíamos, entre el inquebrantable
sonido del agua y esos silencios que nacen cuando uno se siente plenamente en
paz, me he descubierto pensando que, en realidad, hace muchos años que
comenzamos este descenso juntos. Con cinco o seis años la llevábamos a jugar a
pequeños rincones del rio. Un poco más tarde, con apenas siete años, hizo su
primer barranco completo. Y comenzó una tradición que ha acompañado buena parte
de su infancia y también de la mía como padre. Desde entonces hemos compartido
descensos con familia, con amigos, y con
muchas personas que en estos años nos han dejado su huella. Pero hay algo que
solo me sucede cuando estamos ella y yo solos. El barranco deja de ser un
deporte de aventura y se convierte en un lenguaje. Cada rápel hablan de
confianza. La que ella deposita en mí, y también la que yo he aprendido a
depositar en ella. Cada salto me recuerda ese instante en el que un padre debe
enseñar a vencer el miedo, sabiendo que llegará un día en el que ya no será él
quien la aliente, sino que será ella por sí misma quien decidirá cuándo saltar.
Cada paso entre las rocas es una conversación que muchas veces no necesita
palabras. Y entre risas, pequeñas bromas o silencios, descubro que el tiempo jamás
se detiene. Basta una mirada para que aparezca el recuerdo de aquella pequeña niña
que buscaba mi mano antes de apoyar cada pie, que levantaba la cabeza
preguntando si sería capaz, o encontraba seguridad simplemente sabiendo que yo
estaba allí. Esa niña, intacta, sigue existiendo en mi memoria. Pero al mismo
tiempo, frente a mí camina otra persona. Una joven que piensa por sí misma, que
cuestiona, que toma decisiones, que ya no necesita que le indique cada
movimiento. Y siento una emoción difícil de explicar en contemplar esa
transformación. Una mezcla de nostalgia y orgullo. Nostalgia por saber que
ninguna infancia regresa. Orgullo porque precisamente ese era el propósito desde
el principio. No educamos para que los hijos permanezcan siempre a nuestro
lado. Educamos para que algún día puedan caminar solos. Y mi corazón
experimenta esa extraña contradicción de alegrarse profundamente por aquello
mismo que, inevitablemente, también le duele un poquito. Por mi humilde experiencia creo que educar consiste,
muchas veces, en aceptar que no podemos controlar la corriente. Solo podemos
enseñarles a navegarla y servirles de ejemplo. Quizá eso sea transmitir
valores. No imponer, sino ofrecer. Enseñar que el coraje no consiste en no
tener miedo, sino en avanzar a pesar de él. Que la prudencia jamás es cobardía.
Que ayudar a un compañero siempre nos hace más fuertes. Que la naturaleza
merece respeto porque no nos pertenece. Que humildad es recordar que el río
seguirá fluyendo cuando nosotros ya no estemos para recorrerlo. Y, sobre todo,
que la verdadera fortaleza nace de saber cuidar de los demás sin dejar de ser
uno mismo. Empiezo a comprender que ser padre tiene mucho de acompañar sin
sujetar demasiado. De caminar a su lado hasta que un día descubres que ya no
eres quien marca el paso, sino quien tiene el inmenso privilegio de seguir
compartiendo a su lado el camino. Y esto, lejos de hacerme sentir menos
necesario, me hace sentir inmensamente agradecido. Porque entiendo que el éxito
de un padre no consiste en que un hijo dependa de él, sino en haberle dado unas
alas suficientes para que libremente elija volver a caminar contigo.
Quizá por eso días
como estos significan tanto para mí. Porque sé que llegarán otros proyectos,
otras personas, otros paisajes y otros sueños. Que llegarán momentos en los que,
como esos brazos del río que parecen alejarse, nuestros caminos discurran
separados para volver a encontrarse más adelante. Tal vez ese sea el mayor regalo de la
paternidad: descubrir que la felicidad vive en estos sencillos instantes, en
dos personas que avanzan juntas conscientes de que cada momento compartido es
irrepetible. Estos cañones que llevo más de cuarenta años recorriendo, tienen la
extraña capacidad de devolverme a quien fui mientras me recuerdan quién soy.
Feliz.


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