sábado, 18 de julio de 2026

APRENDER A SOLTAR

 


Hoy hemos vuelto a recorrer el Formiga juntos. Solos ella y yo. Y mientras descendíamos, entre el inquebrantable sonido del agua y esos silencios que nacen cuando uno se siente plenamente en paz, me he descubierto pensando que, en realidad, hace muchos años que comenzamos este descenso juntos. Con cinco o seis años la llevábamos a jugar a pequeños rincones del rio. Un poco más tarde, con apenas siete años, hizo su primer barranco completo. Y comenzó una tradición que ha acompañado buena parte de su infancia y también de la mía como padre. Desde entonces hemos compartido descensos con familia,  con amigos, y con muchas personas que en estos años nos han dejado su huella. Pero hay algo que solo me sucede cuando estamos ella y yo solos. El barranco deja de ser un deporte de aventura y se convierte en un lenguaje. Cada rápel hablan de confianza. La que ella deposita en mí, y también la que yo he aprendido a depositar en ella. Cada salto me recuerda ese instante en el que un padre debe enseñar a vencer el miedo, sabiendo que llegará un día en el que ya no será él quien la aliente, sino que será ella por sí misma quien decidirá cuándo saltar. Cada paso entre las rocas es una conversación que muchas veces no necesita palabras. Y entre risas, pequeñas bromas o silencios, descubro que el tiempo jamás se detiene. Basta una mirada para que aparezca el recuerdo de aquella pequeña niña que buscaba mi mano antes de apoyar cada pie, que levantaba la cabeza preguntando si sería capaz, o encontraba seguridad simplemente sabiendo que yo estaba allí. Esa niña, intacta, sigue existiendo en mi memoria. Pero al mismo tiempo, frente a mí camina otra persona. Una joven que piensa por sí misma, que cuestiona, que toma decisiones, que ya no necesita que le indique cada movimiento. Y siento una emoción difícil de explicar en contemplar esa transformación. Una mezcla de nostalgia y orgullo. Nostalgia por saber que ninguna infancia regresa. Orgullo porque precisamente ese era el propósito desde el principio. No educamos para que los hijos permanezcan siempre a nuestro lado. Educamos para que algún día puedan caminar solos. Y mi corazón experimenta esa extraña contradicción de alegrarse profundamente por aquello mismo que, inevitablemente, también le duele un poquito.  Por mi humilde experiencia creo que educar consiste, muchas veces, en aceptar que no podemos controlar la corriente. Solo podemos enseñarles a navegarla y servirles de ejemplo. Quizá eso sea transmitir valores. No imponer, sino ofrecer. Enseñar que el coraje no consiste en no tener miedo, sino en avanzar a pesar de él. Que la prudencia jamás es cobardía. Que ayudar a un compañero siempre nos hace más fuertes. Que la naturaleza merece respeto porque no nos pertenece. Que humildad es recordar que el río seguirá fluyendo cuando nosotros ya no estemos para recorrerlo. Y, sobre todo, que la verdadera fortaleza nace de saber cuidar de los demás sin dejar de ser uno mismo. Empiezo a comprender que ser padre tiene mucho de acompañar sin sujetar demasiado. De caminar a su lado hasta que un día descubres que ya no eres quien marca el paso, sino quien tiene el inmenso privilegio de seguir compartiendo a su lado el camino. Y esto, lejos de hacerme sentir menos necesario, me hace sentir inmensamente agradecido. Porque entiendo que el éxito de un padre no consiste en que un hijo dependa de él, sino en haberle dado unas alas suficientes para que libremente elija volver a caminar contigo.

Quizá por eso días como estos significan tanto para mí. Porque sé que llegarán otros proyectos, otras personas, otros paisajes y otros sueños. Que llegarán momentos en los que, como esos brazos del río que parecen alejarse, nuestros caminos discurran separados para volver a encontrarse más adelante.  Tal vez ese sea el mayor regalo de la paternidad: descubrir que la felicidad vive en estos sencillos instantes, en dos personas que avanzan juntas conscientes de que cada momento compartido es irrepetible. Estos cañones que llevo más de cuarenta años recorriendo, tienen la extraña capacidad de devolverme a quien fui mientras me recuerdan quién soy. Feliz.
















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