jueves, 27 de agosto de 2026

La leyenda de los Guarabundos

 


Hace diez años, recibí un mensaje de José Antonio Almunia, (periodista y publicista):

—“Javi, se nos ha ocurrido un curioso reto. Varios escritores, un mismo título y libertad absoluta para inventarte una historia que publicaremos. ¿Te atreves?”…

Yo ya llevaba unos años publicando textos en mi blog, pero no me tenía por escritor… Y Antonio añadió: —“Como tú escribes bien… te lo propongo”.

Y claro, ante un “¿te atreves?” y viniendo de un amigo, cómo iba a decir que no.

Claro que me atreví. Si hay algo peligroso en Aragón además del cierzo, es decirle a un aragonés: “¿Te atreves?”, que en nuestras cabezas automáticamente se traduce como: “No hay huevos”. El título era 447 (No sé por qué…).

Así que durante unos días le di vueltas al número: aviones, matrículas, dorsales, habitaciones… Hasta que pensé que quizá lo estaba haciendo al revés. En lugar de buscar una historia para el número, decidí inventar primero la historia y dejar que el número apareciera por sí solo en ella. Y qué mejor que escribir sobre algo que me apasionaba: la Sierra de Guara. Así que entre sus barrancos, sus piedras, el agua y sus montañas el breve relato fue tomando forma, y casi sin buscarlo, apareció también el 447.

Diez años después, rebuscando entre antiguos escritos, me he vuelto a encontrar con esta historia, y me ha hecho especial ilusión releerla, reescribirla y compartirla de nuevo. Quizá algunas historias no envejecen y simplemente esperan escondidas a que un día volvamos a encontrarlas.

 

La leyenda de los Guarabundos

Dicen que hubo un tiempo, mucho antes de que los hombres aprendieran a poner nombre a las montañas, en que el cielo estaba mucho más cerca de la tierra. Era una enorme cúpula suspendida sobre el mundo, dividida en territorios que nadie podía ver. Y en cada uno de ellos había una puerta que conducía a un lugar desconocido reservado únicamente a las ánimas que abandonaban este mundo.

Una de aquellas puertas estaba en el lugar que ahora conocemos como la Sierra de Guara. No figuraba en ningún mapa y nadie podía llegar hasta ella siguiendo ningún camino. Era un lugar suspendido entre el cielo y la tierra custodiada por siete almas.

Siete, porque aquel era un número antiguo. El número de la vida, de los misterios y de los pecados que acompañan al hombre desde que aprendió a caminar. Y quizá también porque hay cosas que la razón no necesita entender para saber que existen.

Aquel territorio lo atravesaban cuatro ríos sin nombre, que mucho tiempo después se nombraron como: Guatizalema, Flumen, Alcanadre y Vero. Y de cada uno de esos ramales de agua, nacía un camino invisible que conducía hasta un averno donde se hallaba la puerta. Cuatro caminos para los cuatro elementos, para los cuatro puntos cardinales, y para todo aquello que sostiene el mundo.

Pero aquellos caminos tenían un problema, que no hacía falta buscarlos. Muchas veces bastaba con perderse para encontrarlos. Y de vez en cuando ocurría. Un hombre que seguía el curso de uno de los ríos y se desviaba unos metros, una mujer que tomaba un sendero equivocado, alguien que se apartaba de la ruta para beber agua o descansar, y… apenas unos pasos fuera de la senda conocida y … Sin ruido, sin ninguna pista que pudiera advertirles lo que estaba ocurriendo, simplemente, al levantar la cabeza, descubrían que ya no estaban donde creían estar. El paisaje seguía siendo el mismo, y sin embargo había dejado de serlo. El río continuaba corriendo, pero el agua no hacía ningún ruido. Un agua tan transparente que podía verse el fondo, y bajo ella las piedras desprendían una luz tenue; las orillas estaban cubiertas con un musgo plateado que se movía lentamente aunque no soplaba el viento; y de las ramas de los árboles colgaban unas pequeñas flores azules que comenzaban a abrirse cuando pasaba cerca alguien vivo.

Al principio no sentían miedo. Sentían desconcierto. Ese que aparece cuando tus ojos reconocen el lugar pero algo dentro te dice que ese lugar no puede existir. No había pájaros ni insectos. Solo aquel silencioso río, y al fondo unas montañas que, si apartabas la mirada un instante y volvías a mirar, habían cambiado de forma o de lugar… Y justo en ese instante las veían: ánimas que caminaban despacio a orillas del río mudo. No eran fantasmas, no tenían ni rostros grotescos ni cuerpos transparentes. Eran personas. Personas que parecían salidas de muchas diferentes épocas, y vestían como habían vestido cuando estaban vivas. Algunas llevaban cestas, otras herramientas, cántaros, o utensilios.

Entonces el vivo permanecía quieto, incapaz de decidir por un instante si aquello era un sueño o una pesadilla. Y llegaba el miedo. Un miedo lento que se instalaba en su pecho mientras poco a poco comprendía que había algo allí que no debía estar viendo. Si intentaban hablar, nadie respondía. Las ánimas simplemente levantaban la cabeza y lo miraban en silencio. Porque aquellas ánimas lo sabían. Era un vivo.

Las siete almas que guardaban la puerta también lo sabían, y en cuanto descubrían un vivo entre las ánimas, rápidamente acudían a buscarlo. No podían permitir que permaneciera allí, y antes de que pudiera hacer demasiadas preguntas lo acompañaban hasta la puerta y lo devolvían a la tierra.

De pronto estaba otra vez junto al camino o el rio, con las botas llenas de barro, el agua corriendo con su habitual ruido, y el viento moviendo las hojas de los árboles. Podían haber pasado unos minutos o varias horas, pero quien regresaba nunca volvía siendo el mismo, puesto que durante un instante había caminado entre los muertos, había visto algo que ningún vivo debía ver, y su memoria estaba llena de cosas que nadie estaba dispuesto a creer.

—“Te has desorientado y te has agotado”; “Te ha dado un golpe de calor”. Les decían.

Pero los casos empezaron a repetirse. Personas distintas en lugares diferentes, contando cosas parecidas: La luz bajo el agua, las montañas, la misma sensación de que el cielo estaba más cerca… y esas ánimas errabundas. Y, cuando demasiados locos empiezan a contar la misma historia, quizá el problema no sea los locos. Incluso alguien a esas almas los llamó “Guaragundos”. Nadie sabía explicar de dónde había salido aquella palabra: Quizá fuera una distorsión de un antiguo nombre; quizá pertenecía a una lengua olvidada; o quizá, como decían los ancianos, no era una palabra inventada por hombres, sino el nombre con el que las propias almas se reconocían entre ellas. Lo cierto es que el nombre quedó unido para siempre a quienes custodiaban esas sendas ocultas. Desde entonces, si alguien conseguía regresar del otro lado, ya no decía que había visto unas almas; Decía que había visto a los Guaragundos.

Y… tanto se repetía la situación, que las siete almas (o Guarabundos) decidieron esconder los senderos que conducían hacia la puerta mejor, ya que comprendieron que los hombres no estaban preparados todavía.

Subieron a lo alto del punto más alto, y arrojaron rocas enormes por todas sus vertientes. Las piedras rodaron por las pendientes y fueron formando barrancos, grietas, simas, caos de bloques y laberintos de piedra. Así los senderos hacia la  puerta quedaron ocultos, y nacieron los lugares más salvajes, recónditos y misteriosos de Guara. Tan ocultos, que con el paso del tiempo hasta los propios guardianes  tenían dificultades para encontrarlos. Y por eso dejaron una señal: En los ríos donde comenzaban cada uno de los senderos, bajo el agua escondieron una piedra y sobre ella grabaron cuatro letras y números: “CDXLVII.”(447) Cuatro ríos, cuatro pasos, siete almas. Desde entonces, las siete almas se convirtieron en los guardianes de aquellos lugares, y cuando alguien moría en los ríos o los barrancos de Guara, acudían a buscar
su espíritu y lo acompañaban hasta la puerta que conducía al otro lado.

Con el paso de los siglos, la historia de aquellas siete almas se perdió en la memoria de quienes habitaban la sierra. Ya nadie recordaba exactamente quiénes habían sido. Pero, como permanecen las cosas que el tiempo no consigue borrar del todo, su nombre permaneció. Y aquel relato antiguo quedó unido para siempre a esta sierra, que con el tiempo acabó siendo conocida como Guara. Así que, aunque la leyenda de los Guarabundos se perdió entre generaciones, en el territorio siguió vivo su nombre.

Así pasaron siglos y nadie volvió a hablar de ellos.

Hasta 1938…

La guerra había convertido las montañas en refugio de hombres perseguidos, y por los caminos de Guara desaparecían guerrilleros, maquis y soldados, y algunos no regresaban jamás.

Entonces, algunos vecinos de Lecina comenzaron a contar que durante las noches habían visto moviéndose luces entre los barrancos. Decían que eran pequeñas y oscuras figuras que caminaban entre las piedras. Y los llamaban Guarabundos

Nadie supo nunca si eran espíritus, hombres, sombras o simplemente el miedo tomando forma.  Y la historia no terminó allí. Años después, en 1993, un barranquista francés desapareció en un sifón del Alcanadre. Lo buscaron durante muchas horas sin encontrarlo, y cuando finalmente apareció río abajo, estaba desorientado, confuso y completamente convencido de haber visto algo imposible. Aseguraba que bajo el agua, había contemplado una inscripción luminosa: “CDXLVII”, y juraba que siete luces lo habían acompañado hasta la superficie. Probablemente no fue más que una historia fruto de la mente difusa de alguien tras golpearse la cabeza o estar a punto de ahogarse en un sifón… O quizá no.

Porque también estaba Ramiro, un pastor de Bara que vivió más de cien años y que aseguraba que cuando era niño, una noche escuchó un extraño estrépito en la entrada de Gorgas Negras. Se acercó, y allí, entre sombras, vio siete figuras jugando a la pelota con el cráneo de un jabalí. Jamás volvió a acercarse.

Yo tampoco creo demasiado en las leyendas, pero cuando las tormentas llegan a Guara y el viento se mete por los barrancos, hay veces que el aire silba de una manera extraña. Un sonido profundo, disonante, casi humano, parece venir de muy lejos y al mismo tiempo de muy cerca. Los más viejos del lugar dicen que son ellos: Los Guarabundos. Quizá estén buscando la puerta, quizá llamando a alguien, o quizá simplemente continúan aquí desde hace siglos haciendo aquello para lo que fueron nombrados: custodiar el límite entre este y el otro mundo. Por eso, si alguna vez estás solo en un barranco de Guara y escuchas ese extraño bisbiseo entre las piedras, no tengas miedo. Detente, escucha, y contesta siempre en voz baja por si acaso.





No hay comentarios:

Publicar un comentario

Este es un blog personal en el que comparto mis historias, mis vivencias, mis pensamientos y mis preocupaciones.
Los comentarios están sujetos a moderación y no se admitirán comentarios anónimos: es necesario identificarse para participar.
Cualquier opinión será bienvenida y publicada sin problema, siempre que se exprese desde el respeto. Gracias