Hace diez años, recibí un mensaje de José Antonio Almunia, (periodista
y publicista):
—“Javi, se nos ha ocurrido un curioso reto. Varios escritores, un
mismo título y libertad absoluta para inventarte una historia que publicaremos.
¿Te atreves?”…
Yo ya llevaba unos años publicando textos en mi blog, pero no me
tenía por escritor… Y Antonio añadió: —“Como tú escribes bien… te lo propongo”.
Y claro, ante un “¿te atreves?” y viniendo de un amigo, cómo iba a
decir que no.
Claro que me atreví. Si hay algo peligroso en Aragón además del
cierzo, es decirle a un aragonés: “¿Te atreves?”, que en nuestras cabezas automáticamente
se traduce como: “No hay huevos”. El título era 447 (No sé por qué…).
Así que durante unos días le di vueltas al número: aviones, matrículas,
dorsales, habitaciones… Hasta que pensé que quizá lo estaba haciendo al revés.
En lugar de buscar una historia para el número, decidí inventar primero la
historia y dejar que el número apareciera por sí solo en ella. Y qué mejor que
escribir sobre algo que me apasionaba: la Sierra de Guara. Así que entre sus
barrancos, sus piedras, el agua y sus montañas el breve relato fue tomando
forma, y casi sin buscarlo, apareció también el 447.
Diez años después, rebuscando entre antiguos escritos, me he
vuelto a encontrar con esta historia, y me ha hecho especial ilusión releerla,
reescribirla y compartirla de nuevo. Quizá algunas historias no envejecen y simplemente
esperan escondidas a que un día volvamos a encontrarlas.
La leyenda de los Guarabundos
Dicen que hubo un tiempo, mucho antes de que los hombres
aprendieran a poner nombre a las montañas, en que el cielo estaba mucho más
cerca de la tierra. Era una enorme cúpula suspendida sobre el mundo, dividida
en territorios que nadie podía ver. Y en cada uno de ellos había una puerta que
conducía a un lugar desconocido reservado únicamente a las ánimas que
abandonaban este mundo.
Una de aquellas puertas estaba en el lugar que ahora conocemos
como la Sierra de Guara. No figuraba en ningún mapa y nadie podía llegar hasta
ella siguiendo ningún camino. Era un lugar suspendido entre el cielo y la
tierra custodiada por siete almas.
Siete, porque aquel era un número antiguo. El número de la vida,
de los misterios y de los pecados que acompañan al hombre desde que aprendió a
caminar. Y quizá también porque hay cosas que la razón no necesita entender
para saber que existen.
Aquel territorio lo atravesaban cuatro ríos sin nombre, que mucho
tiempo después se nombraron como: Guatizalema, Flumen, Alcanadre y Vero. Y de
cada uno de esos ramales de agua, nacía un camino invisible que conducía hasta un
averno donde se hallaba la puerta. Cuatro caminos para los cuatro elementos,
para los cuatro puntos cardinales, y para todo aquello que sostiene el mundo.
Pero aquellos caminos tenían un problema,
que no hacía falta buscarlos. Muchas veces bastaba con perderse para
encontrarlos. Y de vez en cuando ocurría. Un hombre que seguía el curso de uno
de los ríos y se desviaba unos metros, una mujer que tomaba un sendero
equivocado, alguien que se apartaba de la ruta para beber agua o descansar, y… apenas
unos pasos fuera de la senda conocida y … Sin ruido, sin ninguna pista que
pudiera advertirles lo que estaba ocurriendo, simplemente, al levantar la
cabeza, descubrían que ya no estaban donde creían estar. El paisaje seguía
siendo el mismo, y sin embargo había dejado de serlo. El río continuaba
corriendo, pero el agua no hacía ningún ruido. Un agua tan transparente que
podía verse el fondo, y bajo ella las piedras desprendían una luz tenue; las
orillas estaban cubiertas con un musgo plateado que se movía lentamente aunque
no soplaba el viento; y de las ramas de los árboles colgaban unas pequeñas
flores azules que comenzaban a abrirse cuando pasaba cerca alguien vivo.
Al principio no sentían miedo. Sentían
desconcierto. Ese que aparece cuando tus ojos reconocen el lugar pero algo
dentro te dice que ese lugar no puede existir. No había pájaros ni insectos.
Solo aquel silencioso río, y al fondo unas montañas que, si apartabas la mirada
un instante y volvías a mirar, habían cambiado de forma o de lugar… Y justo en
ese instante las veían: ánimas que caminaban despacio a orillas del río mudo. No
eran fantasmas, no tenían ni rostros grotescos ni cuerpos transparentes. Eran
personas. Personas que parecían salidas de muchas diferentes épocas, y vestían
como habían vestido cuando estaban vivas. Algunas llevaban cestas, otras
herramientas, cántaros, o utensilios.
Entonces el vivo permanecía quieto,
incapaz de decidir por un instante si aquello era un sueño o una pesadilla. Y llegaba
el miedo. Un miedo lento que se instalaba en su pecho mientras poco a poco comprendía
que había algo allí que no debía estar viendo. Si intentaban hablar, nadie
respondía. Las ánimas simplemente levantaban la cabeza y lo miraban en silencio.
Porque aquellas ánimas lo sabían. Era un vivo.
Las siete almas que guardaban la puerta también lo sabían, y en
cuanto descubrían un vivo entre las ánimas, rápidamente acudían a buscarlo. No
podían permitir que permaneciera allí, y antes de que pudiera hacer demasiadas
preguntas lo acompañaban hasta la puerta y lo devolvían a la tierra.
De pronto estaba otra vez junto al camino
o el rio, con las botas llenas de barro, el agua corriendo con su habitual ruido,
y el viento moviendo las hojas de los árboles. Podían haber pasado unos minutos
o varias horas, pero quien regresaba nunca volvía siendo el mismo, puesto que
durante un instante había caminado entre los muertos, había visto algo que
ningún vivo debía ver, y su memoria estaba llena de cosas que nadie estaba
dispuesto a creer.
—“Te has desorientado y te has agotado”; “Te
ha dado un golpe de calor”. Les decían.
Pero los casos empezaron a repetirse.
Personas distintas en lugares diferentes, contando cosas parecidas: La luz bajo
el agua, las montañas, la misma sensación de que el cielo estaba más cerca… y esas
ánimas errabundas. Y, cuando demasiados locos empiezan a contar la misma
historia, quizá el problema no sea los locos. Incluso alguien a esas almas los
llamó “Guaragundos”.
Nadie sabía explicar de dónde había salido aquella palabra: Quizá fuera una distorsión
de un antiguo nombre; quizá pertenecía a una lengua olvidada; o quizá, como
decían los ancianos, no era una palabra inventada por hombres, sino el nombre
con el que las propias almas se reconocían entre ellas. Lo cierto es que el
nombre quedó unido para siempre a quienes custodiaban esas sendas ocultas. Desde
entonces, si alguien conseguía regresar del otro lado, ya no decía que había
visto unas almas; Decía que había visto a los Guaragundos.
Y… tanto se repetía la situación, que las siete
almas (o Guarabundos) decidieron esconder los senderos que conducían hacia la
puerta mejor, ya que comprendieron que los hombres no estaban preparados todavía.
Con el paso de los siglos, la historia de aquellas siete almas se
perdió en la memoria de quienes habitaban la sierra. Ya nadie recordaba
exactamente quiénes habían sido. Pero, como permanecen las cosas que el tiempo
no consigue borrar del todo, su nombre permaneció. Y aquel relato antiguo quedó
unido para siempre a esta sierra, que con el tiempo acabó siendo conocida como Guara.
Así que, aunque la leyenda de los Guarabundos se perdió entre generaciones, en
el territorio siguió vivo su nombre.
Así pasaron siglos y nadie volvió a hablar de ellos.
Hasta 1938…
La guerra había convertido las montañas en
refugio de hombres perseguidos, y por los caminos de Guara desaparecían
guerrilleros, maquis y soldados, y algunos no regresaban jamás.
Entonces, algunos vecinos de Lecina
comenzaron a contar que durante las noches habían visto moviéndose luces entre
los barrancos. Decían que eran pequeñas y oscuras figuras que caminaban entre
las piedras. Y los llamaban Guarabundos…
Nadie supo nunca si eran espíritus,
hombres, sombras o simplemente el miedo tomando forma. Y la historia no terminó allí. Años después,
en 1993, un barranquista francés desapareció en un sifón del Alcanadre. Lo
buscaron durante muchas horas sin encontrarlo, y cuando finalmente apareció río
abajo, estaba desorientado, confuso y completamente convencido de haber visto
algo imposible. Aseguraba que bajo el agua, había contemplado una inscripción
luminosa: “CDXLVII”, y juraba
que siete luces lo habían acompañado hasta la superficie. Probablemente no fue
más que una historia fruto de la mente difusa de alguien tras golpearse
la cabeza o estar a punto de ahogarse en un sifón… O quizá no.
Porque también estaba Ramiro, un pastor de
Bara que vivió más de cien años y que aseguraba que cuando era niño, una noche escuchó
un extraño estrépito en la entrada de Gorgas Negras. Se acercó, y allí, entre sombras,
vio siete figuras jugando a la pelota con el cráneo de un jabalí. Jamás volvió
a acercarse.
Yo tampoco creo demasiado en las leyendas,
pero cuando las tormentas llegan a Guara y el viento se mete por los barrancos,
hay veces que el aire silba de una manera extraña. Un sonido profundo,
disonante, casi humano, parece venir de muy lejos y al mismo tiempo de muy
cerca. Los más viejos del lugar dicen que son ellos: Los Guarabundos. Quizá estén
buscando la puerta, quizá llamando a alguien, o quizá simplemente continúan aquí
desde hace siglos haciendo aquello para lo que fueron nombrados: custodiar el
límite entre este y el otro mundo. Por eso, si alguna vez estás solo en un
barranco de Guara y escuchas ese extraño bisbiseo entre las piedras, no tengas
miedo. Detente, escucha, y contesta siempre
en voz baja por si acaso.




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