miércoles, 7 de octubre de 2026

CINCUENTA Y TODOS...



Hoy cumplo 59 años… o cincuenta y todos…

Y mirándolo bien, tampoco está tan mal: Sigo teniendo ganas de correr, esquiar, de subir montañas, de meterme por los barrancos, y sobre todo, de seguir descubriendo qué demonios es esto de vivir. Y quizá lo más importante, es que aún sigo reconociendo en mí a aquel niño que fui. No especialmente travieso, aunque sí muy movido y un poco pillo. Ese niño al que se le nota enseguida cuándo es feliz por cómo y cuánto bromea, cómo se relaciona con los demás y esa particular, sencilla y sincera manera de querer a la gente que tiene cerca.

Quizá una de las cosas que noto que más cambia cuando llegas a estas edades, es la forma de mirar hacia atrás. Como ya nos advertían nuestros mayores, y ahora advertimos nosotros, el tiempo ha pasado mucho más rápido de lo que imaginabas y empiezas a recordar con especial cariño tu infancia, mis padres, mis abuelos o mis hermanos cuando éramos pequeños y nos pasábamos el día correteando por Burceat. Y después vienen tantos recuerdos de una vida que casi sin darme cuenta, ha estado llena de caminos, viajes, carreras, travesías, montañas, barrancos y expediciones. Aventuras compartidas, lugares lejanos, amaneceres, cimas, kilómetros y también momentos sencillos que quizá entonces no sabía que algún día recordaría con tanta emoción. Recuerdo cada vez más a mi madre, sin duda la persona que más ha influido en mi vida. A amigos que ya no están, y a mi hermano que también nos dejó demasiado pronto. Al final, mirar atrás quizá no es tanto hacer balance de lo que he vivido sino darme cuenta de la cantidad de personas, lugares y momentos que poco a poco han ido construyendo la persona que soy hoy. Recuerdos que lejos de desaparecer, con los años parecen hacerse más presentes. Quizá porque nuestra vida está armada de todas esas personas que un día caminaron a nuestro lado y que de alguna manera siguen formando parte.

He aprendido con los años que la vida no consiste en correr siempre hacia delante. Que también hay que parar, respirar, mirar alrededor y aceptar que no todas las montañas se pueden subir. Que algunas simplemente se contemplan desde abajo.

He pasado buena parte de mi vida buscando caminos, cimas, aventuras y lugares donde ponerme a prueba, y ahora por fin empiezo a entender que las verdaderas expediciones eran otras: aprender a perder a quienes quería, aceptar que el tiempo no me devuelve a nadie, saber perdonar, soltar sin dejar de querer, decir que no cuando hace falta, o aprender a estar sin exigir. También he aprendido mucho viendo crecer a mi hija. Quizá ha sido una de las lecciones más difíciles: entender que protegerla no significa evitarle el camino ni los tropiezos, sino darle las herramientas para que pueda recorrerlo sola y sobre todo aprender a confiar.

La vida me ha enseñado que la familia no son solamente los que están. Que también son los que estuvieron y dejaron algo de ellos en mí. Siguen apareciendo en nuestras palabras, en nuestros gestos y en esas pequeñas cosas que hacemos sin saber muy bien de dónde vienen.

A estas alturas de mi vida creo que ya no necesito demostrar demasiado. Me interesa más vivir de acuerdo con lo que pienso, que conseguir que los demás piensen que estoy viviendo bien.

Quiero querer bien y que me quieran bien. Con claridad, respeto y reciprocidad. Quiero seguir aprendiendo, riéndome, escribiendo, corriendo al amanecer, compartiendo montañas, barrancos, mesas, cervezas, abrazos y conversaciones con la gente que quiero y con la que querré. Quiero seguir teniendo curiosidad y también seguir equivocándome, porque eso significará que estoy todavía intentando cosas nuevas.

Ya no busco una vida perfecta. Quiero una vida que sea mía. Con sus alegrías y sus pérdidas, sus errores y sus amaneceres, sus personas imprescindibles y sus despedidas. Y sobre todo, ya no quiero contar solamente los años que llevo. Esos los he gastado ya. Quiero contar los que todavía me quedan por estrenar. Porque a los 59 sigo sin saber exactamente dónde está la cima, pero curiosamente ya no me preocupa. Mientras pueda seguir caminando, seguiré. A mi ritmo. Chino-chano. Mirando alrededor, dando gracias por lo vivido y cuidando lo que tengo. Cada vez tengo más claro que la vida no es solamente lo que me pasa, sino lo que hago con aquello que me pasa. Y todavía tengo muchas ganas de ver qué hago con todo esto. Así que… feliz cumpleaños para mí. Nos vemos en el camino. Y si hay algún barranco o alguna montaña cerca, ya sabéis dónde encontrarme. 😉 59 años o cincuenta y todos y con ganas de muchos más.