Solo esperan el momento adecuado para volver a releerlos, reescribirlos y a encontrarse con
nosotros.
Este que hoy reescribo lo escribí en 2019, tras otra de
mis participaciones en la Trail de Estadilla. Y ayer sábado, en mi (No sé cuánta
participación.. siete u ocho) en esta carrera, mientras corria de nuevo por la
Sierra de la Carrodilla, me di cuenta de que apenas tendría que cambiar nada.
Casi podría transcribirlo punto por punto. Porque hay lugares, personas y
carreras que por suerte no pasan: permanecen.
Siempre he pensado que los amigos son la familia que uno
elige.
Y no pretendo hablar de amistad, que también. Pretendo
hablar de CARRERAS. Así, con mayúsculas. De esas pocas capaces de crear un
vínculo profundo con quien las corre. Un vínculo que no nace de la casualidad
ni del marketing ni de la vacía espectacularidad, sino de algo mucho más
difícil de construir: la verdad.
Porque igual que ocurre con los amigos de verdad, hay
carreras que no aprietan, ni exigen fingir nada, ni duelen más de la cuenta.
Carreras que simplemente te abrazan tal y como llegas. Para mí esta, la Trail
de Estadilla siempre ha sido eso.
Un afecto compartido y desinteresado que se fortalece año
tras año con el trato, la complicidad, las fugaces conversaciones en un
avituallamiento, el ánimo sincero de quien apenas te conoce y la certeza de
saber que allí todos remamos en la misma dirección.
Probablemente este texto nace también por asociación de
ideas. Porque en Estadilla tengo muchos amigos. Algunos de esos que eliges y
terminas llamando familia sin necesidad de decirlo demasiado. Y quizá por eso
esta trail siempre me fascina.
Porque en pocas carreras la línea entre organización,
voluntarios, corredores y público resulta tan fina que prácticamente
desaparece. Aquí nadie parece ocupar un papel concreto durante demasiado
tiempo. El que hoy anima mañana corre, el que ayer llevaba dorsal hoy hace de
escoba o reparte agua, y todos entienden que lo importante nunca fue solamente
llegar a meta.
La Trail de Estadilla me sigue sorprendiendo precisamente
porque conserva intacta su esencia.
Aquella carrera familiar que hace años impulsó Fernando
Latorre y que después han sabido cuidar y hacer crecer sus herederos, mantiene
algo muy difícil de encontrar cuando las pruebas maduran: el alma. Y eso no
sucede por accidente.
Sucede porque hay cariño detrás de cada detalle. Porque
se mejora sin perder identidad. Porque se busca más la calidad humana que la
cantidad de dorsales. Y porque quienes volvemos cada año sabemos perfectamente
lo que esperamos encontrar allí: amistad, épica y verdadero afecto. Ayer volvió
a pasar.
Volví a cruzarme con personas que, desde cualquier rincón
de la carrera (corriendo, animando, fotografiando, avituallando o simplemente
esperando en la plaza) consiguen que uno se reconozca un poco mejor a sí mismo.
Y no sé explicar muy bien cómo lo logra esta carrera,
pero siempre termina dejándonos emociones limpias. De esas que duran más que
las agujetas.
Quizá por eso me atrevo a decir que la Trail de Estadilla
es para mi, de alguna manera, la carrera de la amistad.
Luego está la Sierra de la Carrodilla, claro. Su dureza.
El calor (ayer menos) que ya forma parte inseparable de su identidad. Ese
paisaje que obliga a conversar con uno mismo mientras las piernas negocian cada
subida. Allí cada corredor vive su pequeña epopeya personal.
Da igual el ritmo, la posición o el objetivo. Todos
terminamos librando alguna batalla íntima y todos, de un modo u otro, salimos
fortalecidos.
Porque esta es una carrera para debutar, para disfrutar,
para volver una y otra vez o para quedarse para siempre. Para correr solo o
acompañado. Para competir o simplemente sentir.
Y quizá lo más bonito sea que da exactamente igual cómo
llegues.
Da igual si eres de los primeros, de los últimos, si
haces de escoba, de voluntario, de speaker o de acompañante. Siempre encuentras
un sitio. Siempre puedes ser tú mismo, sin filtros ni artificios.
Eso también define a las grandes carreras. La confianza.
La certeza de saber que puedes confiar plenamente en
quien organiza, en quien espera en un cruce bajo el sol o en la persona que
corre a tu lado compartiendo silencio y calor.
Y cuando las cosas salen bien, lo celebran contigo. Pero
cuando salen peor, también te sostienen. Y eso, en el fondo, es lo que
verdaderamente importa. Porque la reciprocidad es eso: un vínculo compartido
donde no hay intereses, solo ganas sinceras de compartir tiempo, esfuerzo y
experiencias. Una carrera de amigos para amigos. Y por eso siempre vuelves.
Porque sabes que allí arriba, entre senderos, calor y
polvo, hay algo que merece la pena reencontrar cada año.
La Trail de Estadilla es exigente, sí. Pero nunca te
exige dejar de ser quien eres. Igual que hacen los amigos de verdad. Esos que
eliges. Quienes habéis tenido la suerte de vivirla alguna vez (ayer o hace
años) seguramente entenderéis lo que intento decir.
¡¡Larga vida a la Trail de Estadilla!!









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