domingo, 19 de julio de 2026

¡OEEE!¡OEEE!¡OEEE!


Nunca he sido futbolero. De niño nada de nada. De hecho, durante años me costaba entender cómo noventa minutos podían alterar el estado de ánimo de la gente, o a veces de un país entero.

Pero con el tiempo he ido comprendiendo que quizá el fútbol nunca fue solo fútbol. Que lo que de verdad mueve a millones de personas no es un simple balón, sino la necesidad de sentir que, por un instante, todos remamos en una misma dirección.

Y ocurre algo curioso: de repente, todos vestimos los mismos colores, celebramos los mismos goles y sufrimos las mismas jugadas. Durante un rato dejamos de ser hinchas de equipos diferentes para convertirnos en un único equipo. Quizá esa sea la verdadera magia; recordarnos que, cuando compartimos una ilusión, pesan un poco menos las diferencias.

En un mundo que aunque globalizado, cada uno vive encerrado en sus preocupaciones, aparece un simple partido de futbol, y es capaz de hacer que se abracen desconocidos, que las banderas dejen de separar para unir y que, durante unas horas, se olvide el peso de la rutina. ¿Es una ilusión? Sí. Probablemente. Pero también lo son muchas de las cosas que nos mantienen vivos.

Y si claro, como siempre, aparecerán quienes critiquen la euforia, o hallen motivos para enfadarse incluso en medio de la alegría. Porque hay personas que parecen sentirse más cómodas buscando sombras que disfrutando de luces. Es su forma de mirar el mundo y la respeto. Pero no la comparto. Lo curioso es que incluso en días así necesitan demostrar que nada merece la pena, que todo está sobrevalorado, o que celebrar es de ingenuos. Creo que confunden el pensamiento crítico con la incapacidad para disfrutar. La vida ya nos pone suficientes trabas. No hace falta fabricarnos más. Yo prefiero pensar que, si algo consigue unir a millones de personas sin preguntarles a quién votan, cuánto ganan o en qué creen, merece, al menos mi sonrisa y mi respeto.

Ya tenemos razones suficientes para preocuparnos cada día. Ya hemos demostrado (por desgracia) que cuando llega una catástrofe somos capaces de marchar juntos, ayudarnos y sacar lo mejor de nosotros mismos. Así que como no hacerlo cuando el motivo sea de alegría. Si hoy España nos regala una, celebrémosla. Y no por el fútbol, sino porque nunca sobran las oportunidades para recordar que, cuando queremos, sabemos caminar juntos, no solo para afrontar las dificultades, sino también para compartir felicidad.

Padres e hijos, abuelos y nietos, hermanos, amigos, vecinos, compañeros de trabajo e incluso desconocidos durante unas horas dejamos de estar divididos para convertirnos en un "nosotros”. Organizamos cenas, nos reunimos alrededor de una mesa, salimos a las plazas de pueblos y ciudades, entonamos cánticos, nos pintamos la cara, vestimos camisetas (muchas, seguramente, del chino de la esquina, porque probablemente haya pocos países donde, en lugar de presumir de lo cara que nos ha costado la camiseta, compitamos por quién la ha conseguido más barata), nos ponemos gorras, gritamos ¡Oleee!, y por fin, volvemos a sacar las banderas sin miedo a que alguien nos coloque una etiqueta política por hacerlo. Nos abrazamos, sonreímos y gritamos al unísono. Por unas horas recuperamos el placer de estar juntos, de sentir que pertenecemos a algo más grande que nosotros mismos. Y eso, en esta época donde cada uno vive atrapado en su pantalla, es un milagro. Quizá por eso tanta emoción. Porque la felicidad compartida pesa menos y dura más.

Por cierto, si tengo que sentirme identificado con alguien en un equipo como este, curiosamente no es con ningún jugador, sino con el entrenador Luis de la Fuente. Quizá porque, salvando las distancias, me recuerda mucho a mi cuando organizo un grupo para un viaje de aventura o una actividad. Con el tiempo he aprendido que no siempre has de elegir a las personas más fuertes, las más rápidas o las más llamativas. Lo que de verdad marca la diferencia cuando formas un equipo, es reunir a un grupo que se cuide, que se apoye cuando uno flojee, que sea humilde, que no compita entre sí y que entienda que el éxito nunca es individual. Al final, un buen equipo no es el que tiene los mejores nombres, sino el que consigue que cada persona saque lo mejor de sí misma.

Si España gana hoy, mañana volverán los problemas, el trabajo, las facturas y las preocupaciones. Pero nadie podrá decir que unas horas de ilusión fueron una pérdida de tiempo. Al contrario. Tal vez fueron un recordatorio de que seguimos necesitando emocionarnos juntos. Y eso, al menos para mí, vale mucho más que cualquier copa.


 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Este es un blog personal en el que comparto mis historias, mis vivencias, mis pensamientos y mis preocupaciones.
Los comentarios están sujetos a moderación y no se admitirán comentarios anónimos: es necesario identificarse para participar.
Cualquier opinión será bienvenida y publicada sin problema, siempre que se exprese desde el respeto. Gracias