Nunca he sido futbolero. De niño nada de nada. De hecho, durante años me costaba entender cómo noventa minutos podían alterar el estado de ánimo de la gente, o a veces de un país entero.
Pero con el tiempo
he ido comprendiendo que quizá el fútbol nunca fue solo fútbol. Que lo que de
verdad mueve a millones de personas no es un simple balón, sino la necesidad de
sentir que, por un instante, todos remamos en una misma dirección.
Y ocurre algo
curioso: de repente, todos vestimos los mismos colores, celebramos los mismos
goles y sufrimos las mismas jugadas. Durante un rato dejamos de ser hinchas de
equipos diferentes para convertirnos en un único equipo. Quizá esa sea la
verdadera magia; recordarnos que, cuando compartimos una ilusión, pesan un poco
menos las diferencias.
En un mundo que aunque globalizado, cada uno vive
encerrado en sus preocupaciones, aparece un simple partido de futbol, y es
capaz de hacer que se abracen desconocidos, que las banderas dejen de separar
para unir y que, durante unas horas, se olvide el peso de la rutina. ¿Es una
ilusión? Sí. Probablemente. Pero también lo son muchas de las cosas que nos
mantienen vivos.
Y si claro, como siempre, aparecerán quienes critiquen la
euforia, o hallen motivos para enfadarse incluso en medio de la alegría. Porque
hay personas que parecen sentirse más cómodas buscando sombras que disfrutando
de luces. Es su forma de mirar el mundo y la respeto. Pero no la comparto. Lo
curioso es que incluso en días así necesitan demostrar que nada merece la pena,
que todo está sobrevalorado, o que celebrar es de ingenuos. Creo que confunden
el pensamiento crítico con la incapacidad para disfrutar. La vida ya nos pone
suficientes trabas. No hace falta fabricarnos más. Yo prefiero pensar que, si
algo consigue unir a millones de personas sin preguntarles a quién votan,
cuánto ganan o en qué creen, merece, al menos mi sonrisa y mi respeto.
Ya tenemos razones suficientes para preocuparnos cada
día. Ya hemos demostrado (por desgracia) que cuando llega una catástrofe somos
capaces de marchar juntos, ayudarnos y sacar lo mejor de nosotros mismos. Así
que como no hacerlo cuando el motivo sea de alegría. Si hoy España nos regala
una, celebrémosla. Y no por el fútbol, sino porque nunca sobran las
oportunidades para recordar que, cuando queremos, sabemos caminar juntos, no
solo para afrontar las dificultades, sino también para compartir felicidad.
Padres e hijos, abuelos y nietos, hermanos, amigos,
vecinos, compañeros de trabajo e incluso desconocidos durante unas horas
dejamos de estar divididos para convertirnos en un "nosotros”. Organizamos
cenas, nos reunimos alrededor de una mesa, salimos a las plazas de pueblos y ciudades,
entonamos cánticos, nos pintamos la cara, vestimos camisetas (muchas,
seguramente, del chino de la esquina, porque probablemente haya pocos países
donde, en lugar de presumir de lo cara que nos ha costado la camiseta,
compitamos por quién la ha conseguido más barata), nos ponemos gorras, gritamos
¡Oleee!, y por fin, volvemos a sacar las banderas sin miedo a que alguien nos
coloque una etiqueta política por hacerlo. Nos abrazamos, sonreímos y gritamos
al unísono. Por unas horas recuperamos el placer de estar juntos, de sentir que
pertenecemos a algo más grande que nosotros mismos. Y eso, en esta época donde
cada uno vive atrapado en su pantalla, es un milagro. Quizá por eso tanta
emoción. Porque la felicidad compartida pesa menos y dura más.
Por cierto, si tengo que sentirme identificado con
alguien en un equipo como este, curiosamente no es con ningún jugador, sino con
el entrenador Luis de la Fuente. Quizá porque, salvando las distancias, me
recuerda mucho a mi cuando organizo un grupo para un viaje de aventura o una
actividad. Con el tiempo he aprendido que no siempre has de elegir a las
personas más fuertes, las más rápidas o las más llamativas. Lo que de verdad
marca la diferencia cuando formas un equipo, es reunir a un grupo que se cuide,
que se apoye cuando uno flojee, que sea humilde, que no compita entre sí y que
entienda que el éxito nunca es individual. Al final, un buen equipo no es el
que tiene los mejores nombres, sino el que consigue que cada persona saque lo
mejor de sí misma.
Si España gana hoy, mañana volverán los problemas, el
trabajo, las facturas y las preocupaciones. Pero nadie podrá decir que unas
horas de ilusión fueron una pérdida de tiempo. Al contrario. Tal vez fueron un
recordatorio de que seguimos necesitando emocionarnos juntos. Y eso, al menos
para mí, vale mucho más que cualquier copa.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Este es un blog personal en el que comparto mis historias, mis vivencias, mis pensamientos y mis preocupaciones.
Los comentarios están sujetos a moderación y no se admitirán comentarios anónimos: es necesario identificarse para participar.
Cualquier opinión será bienvenida y publicada sin problema, siempre que se exprese desde el respeto. Gracias