Hay algo que he
aprendido después de más de cuarenta años haciendo barrancos: un barranco no es solo un barranco… Durante
todo este tiempo he tenido la suerte de compartir descensos con amigos,
conocidos y también con personas que no conocía de nada absolutamente. Como
guía o acompañante, los barrancos me han permitido acompañar a mucha gente
durante unas horas de su vida y después despedirme de ellos sabiendo que
probablemente nuestras vidas no volverían a cruzarse nunca. Pero otras veces,
la vida ha querido que aquel encuentro fuese el principio de una conversación, de
una amistad, de un recuerdo o de una pequeña enseñanza que se queda simplemente
contigo. Las actividades de montaña han sido y son una especie de puerta de entrada para muchas personas en mi
vida. Una puerta que yo no sabía exactamente a dónde conducía. Por ella
han entrado personas muy diferentes, con sus distintas historias, con sus
miedos, preocupaciones, alegrías o ruidos. Y lo más curioso es que siempre he
tenido la sensación, que concretamente un barranco tiene algo de terapia.
Al principio,
cuando llegan, cada uno lleva consigo su propia (metafórica) mochila: La
tensión, el miedo, las preocupaciones, tu trabajo, los problemas de casa, tus
inseguridades… Incluso esa cierta distancia que mantenemos todos cuando estamos
delante de alguien que no conocemos. Pero… comienzas a caminar, llega el primer
rápel, resalte, poza, o una dificultad que a superar, y poco a poco ocurre
algo. La gente empieza a cambiar: Las caras se relajan, aparecen las conversaciones, se comparte el miedo, alguien ayuda a otro, alguien
se ríe de sí mismo/a. Y sin darte ni cuenta, aquella gente que quizá llegó como
un grupo de desconocidos empieza a comportarse como una pequeña tribu… Porque
en un barranco todos somos un más vulnerables, y cuando uno se siente
vulnerable junto a otros, se empiezan a caer las máscaras
El cuerpo trabaja
sí: Las piernas, los brazos, la resistencia, el equilibrio, pero lo
verdaderamente interesante ocurre por dentro de ti. El barranco te obliga a
estar allí, en ese instante. No puedes estar pensando en el lunes, en la factura,
en una discusión o en lo que ocurrirá mañana. Estás en una cascada, en la
cuerda, al borde de un salto que deseas
saltar, en el agua, ayudando a alguien o esperando tú turno. Estás presente. Y quizá esa sea una de
las mejores terapias que existen.
Al final, cuando
vuelves a salir del barranco, muchas veces la persona que salió no es
exactamente la misma que entró. Y no porque haya cambiado su vida en unas
horas, sino porque durante unas horas ha conseguido olvidarse de ella. Entonces, (si la hay), llega la comida y la ¡Magia!...Y es maravilloso observarlo.
Personas que por la
mañana apenas se conocían terminan sentadas alrededor de una mesa, hablando,
riendo, compartiendo historias y recuerdos como si llevaran juntas toda la vida.
Si lo pienso, quizá
es ese uno de los mayores regalos que me han dado los barrancos. La posibilidad de conocer personas. Algunas
se quedaron. Otras pasaron por mi vida. Algunas significaron mucho y otras
simplemente dejaron una conversación, una sonrisa o un recuerdo.
Pero todas tuvieron
algo en común: durante unas horas, se cruzaron nuestros caminos.
Después de más de
cuarenta años, creo que ya no hago barrancos solamente para bajar barrancos. Los
hago también por todo lo que ocurre alrededor de ello: las personas, las
historias, las risas, los silencios, los miedos compartidos, las manos que se
tienden, las conversaciones que nunca habrían ocurrido en otro lugar…. Al
final, quizá los barrancos sean
solamente el escenario. Lo verdaderamente importante siempre han sido
las personas que la vida ha decidido poner dentro de ellos conmigo.











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