domingo, 30 de agosto de 2026

BARRANCOTERAPIA



Hay algo que he aprendido después de más de cuarenta años haciendo barrancos: un barranco no es solo un barranco… Durante todo este tiempo he tenido la suerte de compartir descensos con amigos, conocidos y también con personas que no conocía de nada absolutamente. Como guía o acompañante, los barrancos me han permitido acompañar a mucha gente durante unas horas de su vida y después despedirme de ellos sabiendo que probablemente nuestras vidas no volverían a cruzarse nunca. Pero otras veces, la vida ha querido que aquel encuentro fuese el principio de una conversación, de una amistad, de un recuerdo o de una pequeña enseñanza que se queda simplemente contigo. Las actividades de montaña han sido y son una especie de puerta de entrada para muchas personas en mi vida. Una puerta que yo no sabía exactamente a dónde conducía. Por ella han entrado personas muy diferentes, con sus distintas historias, con sus miedos, preocupaciones, alegrías o ruidos. Y lo más curioso es que siempre he tenido la sensación, que concretamente un barranco tiene algo de terapia.

Al principio, cuando llegan, cada uno lleva consigo su propia (metafórica) mochila: La tensión, el miedo, las preocupaciones, tu trabajo, los problemas de casa, tus inseguridades… Incluso esa cierta distancia que mantenemos todos cuando estamos delante de alguien que no conocemos. Pero… comienzas a caminar, llega el primer rápel, resalte, poza, o una dificultad que a superar, y poco a poco ocurre algo. La gente empieza a cambiar: Las caras se relajan,  aparecen las conversaciones,  se comparte el miedo, alguien ayuda a otro, alguien se ríe de sí mismo/a. Y sin darte ni cuenta, aquella gente que quizá llegó como un grupo de desconocidos empieza a comportarse como una pequeña tribu… Porque en un barranco todos somos un más vulnerables, y cuando uno se siente vulnerable junto a otros, se empiezan a caer las máscaras

El cuerpo trabaja sí: Las piernas, los brazos, la resistencia, el equilibrio, pero lo verdaderamente interesante ocurre por dentro de ti. El barranco te obliga a estar allí, en ese instante. No puedes estar pensando en el lunes, en la factura, en una discusión o en lo que ocurrirá mañana. Estás en una cascada, en la cuerda,  al borde de un salto que deseas saltar, en el agua, ayudando a alguien o esperando tú turno. Estás presente. Y quizá esa sea una de las mejores terapias que existen.

Al final, cuando vuelves a salir del barranco, muchas veces la persona que salió no es exactamente la misma que entró. Y no porque haya cambiado su vida en unas horas, sino porque durante unas horas ha conseguido olvidarse de ella. Entonces, (si la hay), llega la comida y la ¡Magia!...Y es maravilloso observarlo.

Personas que por la mañana apenas se conocían terminan sentadas alrededor de una mesa, hablando, riendo, compartiendo historias y recuerdos como si llevaran juntas toda la vida.

Si lo pienso, quizá es ese uno de los mayores regalos que me han dado los barrancos. La posibilidad de conocer personas. Algunas se quedaron. Otras pasaron por mi vida. Algunas significaron mucho y otras simplemente dejaron una conversación, una sonrisa o un recuerdo.

Pero todas tuvieron algo en común: durante unas horas, se cruzaron nuestros caminos.

Después de más de cuarenta años, creo que ya no hago barrancos solamente para bajar barrancos. Los hago también por todo lo que ocurre alrededor de ello: las personas, las historias, las risas, los silencios, los miedos compartidos, las manos que se tienden, las conversaciones que nunca habrían ocurrido en otro lugar…. Al final, quizá los barrancos sean solamente el escenario. Lo verdaderamente importante siempre han sido las personas que la vida ha decidido poner dentro de ellos conmigo.













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