Hay
una palabra que últimamente escucho por todas partes y que sinceramente,
necesito que alguien me explique, porque debo de estar entrando en esa edad en
la que los adolescentes empiezan a hablar y yo me siento de otro planeta: La
palabra es “farmear aura”.
Farmear
aura. Así, como quien cultiva tomates, coge olivas o se dedica profesionalmente
a almacenar puntos de carisma. Yo, que tengo ya algunos más de cincuenta… la
primera vez que la escuché pensé que hablaban de alguna nueva aplicación, algún
videojuego o una enfermedad rara. Porque si analizas la expresión tampoco ayuda:
Farmear viene de farm,(granja en inglés), y aura es ese algo invisible
que supuestamente desprendes y que hace que los demás piensen: “Este tío/a
tiene algo”. Así que literalmente, farmear aura sería cultivar algo invisible
que hace que parezcas más interesante de lo que seguramente eres. Y aquí, en
este punto es donde empiezo a pensar en mi generación. Porque resulta que los
chavales de ahora tienen que “farmear aura”, y nosotros por el contrario, hace
cuarenta años, sin saberlo teníamos aura. No sabíamos qué era el aura, pero la
teníamos. Y además no necesitábamos hacer nada especial para conseguirla. Las
niñas y los niños salíamos a la calle y jugabamos a la goma, a la sueleta, a
churro, media manga, manga entera, a las chapas, a las canicas, a la taba, al
escondite, a la cadeneta o al
pilla-pilla… Y si alguien decía: “Vamos al río”, aquello no era una experiencia
para subir a Instagram. Simplemente era un: -“¿Vamos?”…” ¡Vamos!”.
Y marchabas
con tu bicicleta carretera Castillazuelo, sin casco, sin GPS, sin ubicación
compartida y sin que tus padres supieran dónde estabas exactamente al salto
Pozán.
Llegabas
al río, dejábamos las bicicletas tiradas en cualquier sitio y nos bañábamos.
Aquello
sí era farmear aura. Solo que nosotros lo llamábamos pasarlo bien.
Si
conseguías bajar una cuesta con la bicicleta sin frenos, ganabas aura. Si eras
capaz de tirarte desde arriba del salto al río, aura; Si sabías hacer la mejor pirueta
desde la roca, aura; Y si volvías a casa con las rodillas llenas de raspazos,
barro hasta las orejas y la bicicleta hecha polvo, habías alcanzado probablemente
el máximo nivel de aura.
Eso
sí, no había ninguna cámara grabando, ni cien personas viendo tu gesta.
No
había comentarios, ni “likes”. Nadie diciendo: - “Bro, qué aura”.
Como
mucho, tu madre o tu abuela desde la ventana: —¡Javi! ¡A cenaaaar!
Y en
ese instante, sabías que tu carrera como influencer de barrio había terminado
por ese día. Ahora las cosas son diferentes. Los adolescentes tienen otras
reglas, otros códigos, otros juegos y otras maneras de relacionarse. Nosotros
construíamos nuestra identidad en la calle, y ellos la construyen también frente
a una pantalla. Nosotros necesitábamos que el grupo nos viera hacer algo, y
ellos necesitan además, que alguien lo grabe. Nosotros teníamos pandillas, y ellos
tienen seguidores. Nosotros teníamos bicicletas, y ellos patinetes eléctricos. Nosotros
nos caíamos y nos levantábamos, ellos se caen y preguntan si lo ha grabado alguien.
Y quizá aquí está lo más curioso; No creo que ahora sean más tontos ni que
nosotros fuéramos más listos. Simplemente nos ha tocado jugar partidas
diferentes. A nosotros nos tocó una infancia en la que para encontrar a tus
amigos tenías que salir de casa y recorrer medio pueblo, y a ellos les ha
tocado una época en la que estando dentro de su habitación, sus amigos pueden
estar allí con ellos, aun estando a diez metros, a diez kilómetros o al otro
lado del mundo. Nosotros salíamos a la calle para que ocurrieran cosas, ellos
pueden hacer que ocurran cosas sin salir… Quizá dentro de cuarenta años serán
ellos los que miren a sus hijos adolescentes y escuchen alguna palabra que no
entiendan, y pensarán: “¿Pero qué coño significa eso de colonizar hologramas
emocionales?”
Me quedo con algo que me
dijo no hace mucho mi hija: —“¡Jo! ¡Me hubiera gustado nacer en vuestros
tiempos!” Me hizo gracia, porque de repente entendí que habíamos llegado a ese
extraño momento de la vida en el que nuestros años de juventud, esos que
nosotros considerábamos normales, a los que vienen detrás empiezan a parecerle una
especie de época prehistórica fascinante. Una época sin Wi-Fi, sin TikTok, ni
GPS, y lo que es aún más grave, sin saber dónde estaba nadie porque nadie
llevaba móvil encima. Y quizá ahí esté la trampa de esto: Nosotros pensamos que
ellos están perdiendo el tiempo “farmeando aura”, y ellos pensarán algún día
que nosotros éramos auténticos cavernícolas por jugar a la taba con un hueso,
perseguirnos por la calle a correazos y tener la absoluta certeza de que era
una magnífica idea, hasta que alguno acababa llorando. Seguro que dentro de otros
cuarenta años, alguno de ellos mirará un vídeo de cuando tenía quince y dirá: —“Qué
tiempos aquellos”…
Y comprenderá que aquello que
llamaba “farmear aura” no era más que otra manera de fabricar recuerdos. Porque
al final, la vida tiene una curiosa forma de cobrarnos todo lo que hacemos:
convierte los instantes en recuerdos, los recuerdos en nostalgia y la nostalgia
en historias que contamos cada vez un poco mejor y más exageradamente de como sucedió
realmente. Nosotros tuvimos barro, ríos, plazas, bicicletas, veranos
interminables y tardes enteras haciendo absolutamente nada, y ellos tienen
vídeos, redes, memes y quién sabe qué inventarán mañana. Ellos acumulan aura, nosotros
acumulábamos aventuras; Ellos lo graban todo, nosotros lo contamos de memoria…
y, por supuesto, cada vez que lo contamos hemos saltado al río desde un poco
más alto, hemos corrido un poco más rápido y hemos sido bastante más valientes
de lo que fuimos realmente… quizá eso también sea farmear aura.
Solo que a nuestra edad ya no
la farmeamos, la cosechamos.
La cosechamos cada vez que
una canción nos devuelve a ese verano que creíamos olvidado, cada vez que un
olor nos transporta directamente a una vieja casa de pueblo que ya no existe, o
cada vez que nos encontramos con alguien después de treinta años y en cinco
minutos, volvemos a tener quince. Porque quizá crecer no consista en dejar de
hacer el idiota, y consiste en aprender a guardar los momentos en los que lo
hicimos. Y quizá ese sea el secreto, o uno de los secretos de la vida: Que no
importa cuánto aura hayas acumulado mientras estabas vivo; al final, lo único
que permanece es aquello que recuerdan de ti cuando ya no estás. Así que sí,
hijos míos: seguid farmeando aura, que nosotros seguiremos haciendo lo mismo que
vosotros… solo que os llevamos cuarenta años de ventaja.



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