sábado, 5 de septiembre de 2026

FARMear AURA

 


Hay una palabra que últimamente escucho por todas partes y que sinceramente, necesito que alguien me explique, porque debo de estar entrando en esa edad en la que los adolescentes empiezan a hablar y yo me siento de otro planeta: La palabra es “farmear aura”.

Farmear aura. Así, como quien cultiva tomates, coge olivas o se dedica profesionalmente a almacenar puntos de carisma. Yo, que tengo ya algunos más de cincuenta… la primera vez que la escuché pensé que hablaban de alguna nueva aplicación, algún videojuego o una enfermedad rara. Porque si analizas la expresión tampoco ayuda: Farmear viene de farm,(granja en inglés), y aura es ese algo invisible que supuestamente desprendes y que hace que los demás piensen: “Este tío/a tiene algo”. Así que literalmente, farmear aura sería cultivar algo invisible que hace que parezcas más interesante de lo que seguramente eres. Y aquí, en este punto es donde empiezo a pensar en mi generación. Porque resulta que los chavales de ahora tienen que “farmear aura”, y nosotros por el contrario, hace cuarenta años, sin saberlo teníamos aura. No sabíamos qué era el aura, pero la teníamos. Y además no necesitábamos hacer nada especial para conseguirla. Las niñas y los niños salíamos a la calle y jugabamos a la goma, a la sueleta, a churro, media manga, manga entera, a las chapas, a las canicas, a la taba, al escondite,  a la cadeneta o al pilla-pilla… Y si alguien decía: “Vamos al río”, aquello no era una experiencia para subir a Instagram. Simplemente era un: -“¿Vamos?”…” ¡Vamos!”.

Y marchabas con tu bicicleta carretera Castillazuelo, sin casco, sin GPS, sin ubicación compartida y sin que tus padres supieran dónde estabas exactamente al salto Pozán.

Llegabas al río, dejábamos las bicicletas tiradas en cualquier sitio y nos bañábamos.

Aquello sí era farmear aura. Solo que nosotros lo llamábamos pasarlo bien.

Si conseguías bajar una cuesta con la bicicleta sin frenos, ganabas aura. Si eras capaz de tirarte desde arriba del salto al río, aura; Si sabías hacer la mejor pirueta desde la roca, aura; Y si volvías a casa con las rodillas llenas de raspazos, barro hasta las orejas y la bicicleta hecha polvo, habías alcanzado probablemente el máximo nivel de aura.

Eso sí, no había ninguna cámara grabando, ni cien personas viendo tu gesta.

No había comentarios, ni “likes”. Nadie diciendo: - “Bro, qué aura”.

Como mucho, tu madre o tu abuela desde la ventana: —¡Javi! ¡A cenaaaar!

Y en ese instante, sabías que tu carrera como influencer de barrio había terminado por ese día. Ahora las cosas son diferentes. Los adolescentes tienen otras reglas, otros códigos, otros juegos y otras maneras de relacionarse. Nosotros construíamos nuestra identidad en la calle, y ellos la construyen también frente a una pantalla. Nosotros necesitábamos que el grupo nos viera hacer algo, y ellos necesitan además, que alguien lo grabe. Nosotros teníamos pandillas, y ellos tienen seguidores. Nosotros teníamos bicicletas, y ellos patinetes eléctricos. Nosotros nos caíamos y nos levantábamos, ellos se caen y preguntan si lo ha grabado alguien. Y quizá aquí está lo más curioso; No creo que ahora sean más tontos ni que nosotros fuéramos más listos. Simplemente nos ha tocado jugar partidas diferentes. A nosotros nos tocó una infancia en la que para encontrar a tus amigos tenías que salir de casa y recorrer medio pueblo, y a ellos les ha tocado una época en la que estando dentro de su habitación, sus amigos pueden estar allí con ellos, aun estando a diez metros, a diez kilómetros o al otro lado del mundo. Nosotros salíamos a la calle para que ocurrieran cosas, ellos pueden hacer que ocurran cosas sin salir… Quizá dentro de cuarenta años serán ellos los que miren a sus hijos adolescentes y escuchen alguna palabra que no entiendan, y pensarán: “¿Pero qué coño significa eso de colonizar hologramas emocionales?”

Me quedo con algo que me dijo no hace mucho mi hija: —“¡Jo! ¡Me hubiera gustado nacer en vuestros tiempos!” Me hizo gracia, porque de repente entendí que habíamos llegado a ese extraño momento de la vida en el que nuestros años de juventud, esos que nosotros considerábamos normales, a los que vienen detrás empiezan a parecerle una especie de época prehistórica fascinante. Una época sin Wi-Fi, sin TikTok, ni GPS, y lo que es aún más grave, sin saber dónde estaba nadie porque nadie llevaba móvil encima. Y quizá ahí esté la trampa de esto: Nosotros pensamos que ellos están perdiendo el tiempo “farmeando aura”, y ellos pensarán algún día que nosotros éramos auténticos cavernícolas por jugar a la taba con un hueso, perseguirnos por la calle a correazos y tener la absoluta certeza de que era una magnífica idea, hasta que alguno acababa llorando. Seguro que dentro de otros cuarenta años, alguno de ellos mirará un vídeo de cuando tenía quince y dirá: —“Qué tiempos aquellos”…

Y comprenderá que aquello que llamaba “farmear aura” no era más que otra manera de fabricar recuerdos. Porque al final, la vida tiene una curiosa forma de cobrarnos todo lo que hacemos: convierte los instantes en recuerdos, los recuerdos en nostalgia y la nostalgia en historias que contamos cada vez un poco mejor y más exageradamente de como sucedió realmente. Nosotros tuvimos barro, ríos, plazas, bicicletas, veranos interminables y tardes enteras haciendo absolutamente nada, y ellos tienen vídeos, redes, memes y quién sabe qué inventarán mañana. Ellos acumulan aura, nosotros acumulábamos aventuras; Ellos lo graban todo, nosotros lo contamos de memoria… y, por supuesto, cada vez que lo contamos hemos saltado al río desde un poco más alto, hemos corrido un poco más rápido y hemos sido bastante más valientes de lo que fuimos realmente… quizá eso también sea farmear aura.

Solo que a nuestra edad ya no la farmeamos, la cosechamos.

La cosechamos cada vez que una canción nos devuelve a ese verano que creíamos olvidado, cada vez que un olor nos transporta directamente a una vieja casa de pueblo que ya no existe, o cada vez que nos encontramos con alguien después de treinta años y en cinco minutos, volvemos a tener quince. Porque quizá crecer no consista en dejar de hacer el idiota, y consiste en aprender a guardar los momentos en los que lo hicimos. Y quizá ese sea el secreto, o uno de los secretos de la vida: Que no importa cuánto aura hayas acumulado mientras estabas vivo; al final, lo único que permanece es aquello que recuerdan de ti cuando ya no estás. Así que sí, hijos míos: seguid farmeando aura, que nosotros seguiremos haciendo lo mismo que vosotros… solo que os llevamos cuarenta años de ventaja.





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