
Yo supongo que sí.
Este blog es fundamentalmente de contenidos
deportivos, pero de vez en cuando, lo aprovecho para compartir otras cosas,
otros temas que me obsesionan o simplemente se me antojan.
Pues bien, esta vez, el post no puede ser
más insólito. Es la publicación de un breve cuento infantil.
He manuscrito y quiero compartir, un cuento que
una vez durmiendo a mi hija, y cansado de contarle a diario algún cuento
clásico, me inventé sobre la marcha uno propio, y a ella le gustó tanto, que
durante un tiempo, como los de sus personajes clásicos me lo pedía cada día:
No sé si es un rollo, pero es nuestro cuento. Algún día si puedo lo ilustraré para que ella se lo cuente dentro de muchos años, a sus propios hijos.
No sé si es un rollo, pero es nuestro cuento. Algún día si puedo lo ilustraré para que ella se lo cuente dentro de muchos años, a sus propios hijos.
LA PRINCESA QUE VIVÍA EN LA MACETA
Había
una vez una hermosa maceta, que pertenecía a una ancianita llamada Alejandra.
Antes
que a ella, perteneció a su madre; antes a la madre de su madre; e incluso
antes, a la madre de la madre de su madre.
Y
así hasta diez generaciones atrás, que se la regaló al más lejano
ascendiente de Alejandra, una vieja anciana indígena llamada Olalla, como
agradecimiento por salvarle la vida, cuando en medio de un temporal de nieve le
dio cobijo a ella y a su pequeña hija.
Le
aseguró que era una maceta mágica, y que mientras la cuidara bien, la maceta
siempre la protegería a ella, y a todos sus descendientes.
Y
así a ocurrido generación tras generación. Han cuidado de la maceta, y siempre
han sido muy felices.
Ahora
desde hace años, es Alejandra quien la cuida.
Aún
recuerda las palabras de su mama cuando se la traspasó:
-“ Alejandra, esta es una maceta mágica que regaló a
nuestra familia una viaja hechicera india, y desde entonces nos protege. Cuídala
siempre, y ella siempre te cuidará a ti”.
Era
increíble; la maceta tenia cientos de años, era preciosa y jamás se marchitaba.
Parecía vivir siempre en primavera.
Cualquier
casa decorada con ella, gozaba de una luz, una energía y una alegría, únicas, y
contagiaban a todo el mundo a su alrededor.
En
breve, Alejandra quería transferirla a su hija Inés, y años después, seria ella
quien se la pasaría a su hija Vega.
Pues,
como le aseguró su madre, había tenido una vida muy dichosa junto a la maceta
mágica, y quería lo mismo para su hija.
La
regaba, la podaba, le cantaba, y cada mañana, la sacaba a la galería para
que le diera el sol, y cada noche la retiraba al interior de su casa para que
no cogiera frío.
Lo
que Alejandra no sabía, es que su magia procedía de un diminuto reino que se
hallaba en su interior.
Y
aunque Alejandra no podía verlo, existían unas diminutas casitas, una diminuta
pradera, un diminuto bosque, un diminuto arroyo, e incluso un diminuto
castillo, donde vivía la corte, el rey, la reina, y su diminuta hija la
princesa Nayra.
Todo
un diminuto reino mágico, que protegía y daba buena suerte, a quien cuidara de
él.
Así,
cada mañana cuando Alejandra la sacaba a la galería, a la princesa Nayra le
gustaba salir del castillo pasear y disfrutar del sol mientras cantaba y
brincaba por su diminuto mundo.
Una
mañana, saltó y brinco tanto, que de tan cansada, se tumbó sobre un tronco y se
quedó dormida.
De
repente, despertó sobresaltada. El tronco se movía efusivamente.
-“¡Aaaahhhhhh!”. Gritó Nayra asustada.
No
solo se movía, si no que estaba volando, agarrado por el pico de un gigantesco
gorrión.
O al
menos la diminuta Nayra así lo veía, aunque era un gorrión normal, y el grueso
tronco, no era más que un palito para su nido.
Nayra,
fuertemente agarrada al palo para no caerse, gritaba y gritaba lo más alto que
podía, pero el gorrión con el sonido del viento no la podía oír.
Tras
un largo vuelo, por fin se posó en su nido, entre dos ramas de un hermoso
abedul.
La
princesa de nuevo braceo y gritó:
-
¡Señor gorrión! ¡Señor gorrión!.
El
gorrión al verla, se llevó un enorme susto, y exclamó:
-“ ¿Quien eres tú?...
Ella
contestó:
- “Soy Nayra, la princesa que vive en el castillo del reino de la
maceta. Estaba muy cansada, me quedé dormida sobre este palo, y al
despertar...”
El
gorrión que dijo llamarse Ibón, se disculpó, pues no la vio cuando cogió ese
palito para su nido.
Pero
le dijo:
- “No te preocupes Nayra; sube sobre mi lomo, y en un momento volando,
te llevaré de nuevo hasta tu castillo.
Así
pues, Nayra subió a lomos de Ibón, se agarro fuertemente a sus plumas, y
salieron volando hacia la casa de Alejandra.
-“¡Nayra! ¡Ya llegamos!”, Gritó orgulloso Ibón.
Pero,
cuál fue su sorpresa, al ver que la maceta no estaba. Era ya tan tarde, que
Alejandra la había recogido al interior de la casa.
Nayra
se puso muy triste, pero Ibón le dijo:
-“No te preocupes Nayra, hoy dormirás en mi nido, y mañana
por la mañana temprano, te traeré de vuelta”.
A
ella le pareció bien, aunque estaba preocupada por sus padres. Pensaba que
andarían buscándola muy preocupados, como así era.
Todos
en el diminuto reino de la maceta, la andaban buscando. Unos por el castillo,
otros por el pequeño bosque, e incluso otros por el arroyo...
Pero
bueno, mañana Ibón le llevaría de vuelta al castillo, y ella les contaría lo
sucedido.
Cuando
Nayra despertó a la mañana siguiente, se llevó una desagradable sorpresa.
Estaba lloviendo, y como le explicó a Ibón, si llovía, Alejandra no
sacaría la maceta a la galería.
Nayra
lloraba desconsolada, pensando en lo que estarían sufriendo sus padres al no
saber de ella.
Ibón,
que era un pájaro muy listo, pensó y pensó, hasta que gritó:
-“¡Ya lo tengo!. Si alguien puede devolverte a tu casa hoy, ese es
Juan”.
Juan
era un simpático ratón de campo, que vivía más abajo, dentro del tronco del
viejo Abedul.
Fueron
a visitarlo, le contaron su problema, y el simpático ratón accedió
encantado a llevar a Nayra a su casa.
- “Pero... ¿Cómo vas a hacerlo si la maceta está dentro de la casa?,
Preguntó Nayra.
-“No te preocupes” dijo Juan confiado.
-“No existe el lugar, donde Juan no pueda entrar”.
Así,
que cubierta con una gran hoja de abedul a modo de paraguas, se despidió de
Ibón con un gran beso:
-“Ven a verme siempre que quieras Ibón” le dijo.
Se
montó a lomos de Juan, y este salió al galope.
Nayra,
que nunca había salido del reino de la maceta, estaba deslumbrada con todo lo
que veía. Qué grande es el mundo, pensaba, mientras cabalgaba a lomos del
intrépido ratón.
Pasó
una hora, cuando con las indicaciones que Ibón le había dado, Juan llegó frente
a la casa de Alejandra.
Nayra
le dijo: -“Ves, está todo cerrado, ¿ cómo haremos para
entrar?.
Juan
le repitió: -“No hay lugar, donde Juan no pueda entrar”
Dicho
esto, comenzó a dar la vuelta a la casa arrimando a la pared sus diminutos
bigotitos, y de repente grito:
-“ ¡Lo encontré!
Y se
introdujo por un oculto y minúsculo agujero bajo el marco de una puerta;
por allí entre dos ladrillos alcanzó una grieta, y por la grieta el sótano.
Una
vez en el sótano, mirando de un lado a otro, y sin dudar un instante se coló
por la abertura de una antigua, y oxidada estufa, y encaramándose desde dentro
por la tubería de su chimenea con la habilidad de una araña, llegó hasta una
rejilla de ventilación en forma de celosía de la primera planta.
Salió
por una de las rendijas, y... allí, frente a la puerta de la galería, se
hallaba una preciosa maceta de cerámica pintada de alegres colores.
No
admitía duda alguna que era la maceta que albergaba el reino de la princesa
Nayra.
Juan
se arrimó al lado, y con su hocico aupó a Nayra hasta su borde.
La
princesa, con un enorme beso agradeció a Juan su amabilidad y como a Ibón, lo
invitó a visitarla cuando quisiera.
Y
corrió enseguida hacia el castillo. Allí muy tristes estaban sus padres, que al
verla, dieron un enorme salto de alegría.
Nayra,
les contó su emocionante aventura. Les habló de Ibón, de Juan, y de lo enorme
que era el mundo fuera de la maceta.
Pasó
el tiempo, y por fin Alejandra regaló a su hija Inés la maceta mágica,
para que la llevara a su propia casa y cuidara de ella.
No
sin advertirla, que se la llevara bien a la vista, porque seguro que
observarían un gorrión y un ratón, que desde hacía un tiempo, a diario
visitaban la maceta, e incluso parecían hablar con ella.
Ella
no sabía, es que eran Ibón y Juan, que hablaban con Nayra.
Incluso
algunas veces, con permiso de sus padres, la llevaban volando o cabalgando a
recorrer los alrededores, y hasta se quedaba a dormir en el viejo abedul.
Una
vez la maceta estuvo en casa de Inés, esta la comenzó a cuidar con esmero,
mientras que su hija Vega, cuidaba de un ratón y un gorrión que cada día venían
a verla.
Y....
Colorín, colorado, este cuento se ha acabado.
Javi
SUBÍAS
Bonito post bonito cuento.
ResponderEliminarGracias Paco!!!
EliminarJavi, sin palabras, solo que me lo quedo para contárselo a mis sobrinos, nietos, si los tengo alguna vez, me ha encantado!!
ResponderEliminarNunca dejas de sorprenderme..
Como no te vamos a querer.... y mucho.....
Me alegro Luz. Para eso es.
EliminarPor lo demás... yo tambien os quieroooo.
Estoy con Luz. jamas dejas de sorprenderme.
ResponderEliminarTambien con tu permiso me lo apropio para contarselo a mis hijos. me ha parecido precioso
Gracias!!
EliminarTe digo lo mismo. encantado de que te guste, y encantado de que lo compartas con tus hijos.