Hay algo que nunca ha cambiado en todos estos años. Más de cuarenta… En cada verano, en mis días libres, voy cumpliendo un pequeño compromiso conmigo mismo: acercar a personas a un lugar que para mí es mucho más que un paisaje de roca y agua cincelado durante millones de años.
A veces son amigos con los que ya he compartido muchas
aventuras. Otras, amigos que vienen por primera vez, con los ojos llenos de
curiosidad y también de dudas. Y, aunque conozco de memoria cada rincón del
recorrido, nunca siento que esté repitiendo una historia. Porque cuando cambian
las personas, ningún barranco es igual.
Con el tiempo he comprendido que mi verdadera labor
cuando acompaño a la gente (hace años como guía, ahora simplemente como un
amigo con experiencia) no consiste solo en enseñar dónde poner un pie, cómo
saltar o cómo bajar un rápel. Esa es únicamente la parte visible. Lo
verdaderamente importante sucede mucho más adentro.
Mi trabajo empieza desde el primer minuto, cuando intento
comprender a quién tengo delante. Qué le ilusiona. Qué le preocupa. Qué miedo
le está frenando. Qué necesita escuchar… o qué silencio necesita para descubrir
por sí mismo que puede hacerlo.
Entonces, casi sin darme cuenta, empiezo a confeccionar
un traje a medida para cada uno. A unos hay que regalarles confianza. A otros,
un pequeño empujón (metafórico). Con algunos hay que reír mucho. Con otros
basta caminar despacio y dejar que sea el agua quien vaya derribando las
barreras que ellos solos habían levantado.
El barranco pone la roca, el agua, los saltos y los paisajes.
Yo solo intento crear el espacio para que ocurra algo mucho más hermoso: que
cada persona se encuentre consigo misma.
Y ahí sucede el pequeño milagro que nunca deja de
emocionarme. El mismo milagro que llevo contemplando desde hace más de cuarenta
años y que, sin embargo, nunca deja de sorprenderme.
Hay quien empieza el día convencido de que no será capaz
de hacer un salto y termina riéndose después de repetirlo tres veces. Hay quien
llega con miedo a la altura y descubre que el verdadero vértigo no estaba en el
rápel, sino en la falta de confianza en sí mismo. Hay quien llevaba semanas con
la cabeza llena de ruido y, durante unas horas, solo escucha el sonido del
agua… y por fin descansa. Y al terminar, hay abrazos que dicen mucho más que
cualquier fotografía.
Por eso, cuando alguien me da las gracias por haberle
enseñado un barranco, siempre pienso que no es del todo cierto. Yo solo conozco
el camino entre las rocas. El auténtico viaje lo hace cada uno por dentro.
Quizá esa sea la razón por la que, después de tantos
años, sigo disfrutando igual que el primer día. Porque nunca acompaño dos veces
a la misma aventura. Ni siquiera, si lo pienso bien, a la misma persona. El
paisaje puede parecer el mismo, pero la historia que cada uno escribe en su interior
siempre es distinta.
Y mientras ellos creen estar descubriendo un rincón de la
naturaleza, yo tengo el inmenso privilegio de asistir, una y otra vez, a un
milagro que nunca se repite de la misma manera: el instante exacto en que
alguien descubre que es más valiente de lo que imaginaba, más fuerte de lo que
creía y mucho más capaz de lo que jamás se había permitido pensar.
Ese es el barranco que más me gusta recorrer. El que no
aparece en los mapas. El que existe dentro de cada persona.







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