Hay barrancos que impresionan por su longitud, por sus
grandes rápeles o por la belleza de sus paredes. Y luego está el Gorgonchón.
Apenas trescientos metros de roca apretada entre sí, formando un pasillo tan
estrecho que, durante muchos años, fue uno de los puntos negros de la Sierra de
Guara. Allí, en los comienzos del barranquismo hace cuarenta años, aprendimos
mucho más que técnicas. Aprendimos respeto. Hoy casi pasa desapercibido. La
mayoría de la gente prefiere los grandes nombres de Guara y el Gorgonchón se ha
convertido en un rincón que visitan pocos. Pero quizá eso también sea una forma
de justicia. Los viejos maestros no necesitan hacer ruido para seguir siendo
importantes.
Yo, cada vez que vuelvo (cada año), siento que no estoy
descendiendo un barranco, sino visitando a un viejo amigo. Uno de esos amigos
que ya no necesita demostrar nada, porque todo lo que tenía que enseñarte lo
hizo hace muchos años.
Recuerdo perfectamente la primera vez que fui allí con
mis compañeros, cuando trabajábamos de guías en verano. Al entrar en su galería
final sentí un asombro difícil de explicar. No pensé en lo espectacular que era
ni en la dificultad del barranco. Lo primero que me vino a la cabeza fueron las
ganas de traer hasta allí a la gente que quería, y compartir con ellos aquello
que estaba viendo. Siempre he puesto ese recuerdo como ejemplo cuando he formado
a otros guías o monitores para explicar lo que significa descubrir la vocación.
Porque un guía no solo acompaña personas; también comparte aquello que un día
le hizo abrir los ojos.
Me basta entrar en sus estrechos para que cada vez
regresen esos recuerdos. Vuelvo a ver aquellas tardes de hace treinta y pico
años en el camping del Vero, junto a Pepe y Alfredo dándole vueltas a cómo ingeniárnoslas
para bajar a la gente allí con seguridad. Eran tiempos de aprender casi
inventando, de compartir ideas, de equivocarse, de mejorar y de construir,
entre todos, la mejor forma de hacer las cosas.
Y cómo olvidar aquellos grupos que guiábamos por el
Gorgonchón. Sus caras de preocupación cuando descubrían lo estrecho que era y sus
imponentes saltos de agua. El miedo a quedarse atascados. Y Pepe y yo,
disfrutando de esas expresiones que, minutos después, siempre acababan
transformándose en risas y alivio al salir del último estrecho.
Con los años he comprendido que los lugares también
envejecen con nosotros. No cambian las paredes; cambiamos nosotros. Por eso
algunos rincones dejan de ser simples paisajes para convertirse en parte de
nuestra memoria. El Gorgonchón ya no es solo un barranco. Es un lugar donde aún
siguen viviendo quienes fuimos, conversaciones, dudas, risas y la ilusión de
una época en la que todo estaba por descubrir.
Hay amigos a los que no hace falta llamar a menudo para
seguir queriéndolos. Basta con volver a verlos de vez en cuando para recordar
por qué ocuparon ese lugar tan importante en nuestra vida. Para mí, el
Gorgonchón es exactamente eso: un viejo amigo al que siempre merece la pena
volver a saludar.



















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